Los vehículos parecen lanzar a los viajeros con violencia, rebelarse contra el control humano. Los jóvenes salen despedidos y los coches vuelcan. Suspendidos en el aire también se aprecian grandes mazos de mango alargado. Sólo la presencia discreta de una pelota puede funcionar como pista para descubrir que aquello es en realidad un deporte.

En el polo, los jugadores se trasladan a caballo y, con mazo en la mano, desplazar una pelota que deben introducir en una portería. Originario de Persia (donde parece que nació en el siglo VI a.e.c), el tiempo ha pasado por él sin apenas cambios, pero en 1911 hubo un intento de transformarlo radicalmente y cuestionar la necesidad del caballo para practicarlo.

El auto polo se presentaba en 1911 en los EE UU, cuando comenzaba a prosperar la industria automovilística, como una modernización del polo, añadiendo el coche y quitándole los caballos. Aunque se habla a menudo de este año como de su nacimiento, el invento es anterior: un recorte del periódico inglés Paterson Daily Press publica en julio de 1902 un breve artículo sobre el “Automobile polo”, ideado por “Joshua Crane Jr.” y que ya anunciaban con cierto tono burlón que “no parecía que fuera a hacerse demasiado popular”.

La ocurrencia supuestamente estadounidense tenía algo de estrategia comercial. No es una coincidencia que su autoaclamado inventor —Ralph Pappy Hankinson— fuera un vendedor de coches de Ford, una compañía en expansión que sólo dos años después introdujo la primera cadena de montaje en la fabricación de los coches, un método con el que se abarataron y por fin fueron accesibles a la clase media.

Desde que se celebró el primer partido —en un campo de alfalfa de Wichita (Kansas), con 5.000 espectadores— el deporte estrafalario se hizo popular en ferias y exhibiciones hasta finales de los años veinte e incluso se crearon varias ligas bajo la tutela de la Auto Polo Association. En Europa nunca consiguió calar, a pesar de que varios equipos de Wichita iniciaron un tour en 1913 por el viejo continente para promocionarlo.

Con frecuentes choques entre los vehículos, huesos rotos y atropellos, los problemas de seguridad cada vez le dieron peor prensa. La mayoría de los coches quedaban para el desguace una vez terminados los partidos y no era viable económicamente seguir practicándolo. Ninguna aseguradora estaba dispuesta a sufragar los costes del capricho y el auto polo quedó en una moda pasajera, una excentricidad estadounidense que tal vez vuelva a practicarse alguna vez, de manera espontanea, en un campo de alfalfa.

Fuente: Helena Celdrán