Y de repente, apenas tenía edad para conducir y en su número de cuenta ya no había espacio para tantos ceros. Llegó pronto el éxito a la vida de Tim Berling, que subía al escenario, pinchaba y era Dios. Tal cual. Da igual si usted es devoto o ateo en la cuestión de la música electrónica: ha escuchado la música de Avicci sí o sí. ¿Recuerda ese sonido pegadizo que tararea? ¿Ese ritmo que le obligó a bailar aunque no quisiera? Sí, era él.

Todo lo que sube baja, y Avicii buscó la salida en el peor refugio posible. “Al principio me daba mucho miedo beber porque no quería cagarla, pero me di cuenta de lo soso que era cuando no bebía. Encontré la solución mágica: tomarme un par de copas antes de empezar las actuaciones”. Total, y así lo recuerda, simplemente imitaba a sus compañeros de mezclas.

Su salud, ya débil de por sí, comenzó a renquear y sufrió una pancreatitis que provocó que le extirparan la vesícula biliar. Y en 2016, no pudo más, se echó a un lado y puso la salud por delante. Su carta de despedida a los fans define a una persona atormentada y saturada: “Llegó un momento en el que dejó de gustarme, todo era demasiado, y entonces pensé: a la mierda, lo dejo”.

Miles de personas y fans por todo el mundo lloran este sábado a Avicii, un tipo genial que subía al escenario, elevaba los brazos y provocaba un tsunami al ritmo de su música, un chico que corrió tanto que perdió incluso su identidad, se quemó: “Tengo muy poco tiempo para la persona real detrás del artista”. Avicii murió el viernes a los 28 años, un año más tarde que ‘el club de los 27’, en el lejano Omán.

Fuente: 20 Minutos.