Por Laureano Castro Vera
Hablar de Gonzalo Pieres es meterse en una parte esencial de la historia grande del polo argentino. No fue solamente un jugador destacado: fue, sobre todo, un formador, un referente y una figura que ayudó a construir una manera de entender este deporte que todavía hoy se mantiene vigente.
Nacido en el seno de una familia profundamente ligada al campo y a los caballos, su relación con el polo empezó de forma natural, casi inevitable. En una época donde el alto handicap era territorio de pocos, Pieres logró abrirse camino con talento, pero también con una lectura del juego que lo diferenciaba. No era el más estridente dentro de la cancha, pero sí uno de los más inteligentes. Su estilo combinaba precisión, temple y una capacidad notable para hacer mejores a sus compañeros.
Durante sus años como jugador, formó parte de equipos competitivos en la escena nacional, en un contexto donde el polo argentino comenzaba a consolidarse como el mejor del mundo. Sin embargo, su impacto más profundo no se mide únicamente en títulos o estadísticas, sino en lo que vino después.
Porque si hay algo que define a Gonzalo Pieres es su rol como padre y formador. Supo transmitir no solo técnica, sino valores: disciplina, respeto por el caballo y una ética de trabajo que marcaría a fuego a la siguiente generación. De esa base surgirían nombres que hoy son sinónimo de elite, como sus hijos, protagonistas de la era moderna del polo internacional.
Lejos de buscar protagonismo mediático, Pieres construyó su legado desde un lugar más silencioso, pero igual de determinante. Entendió el polo como un proceso, como una continuidad, donde cada generación tiene la responsabilidad de elevar el nivel de la anterior. Y en ese sentido, su influencia fue decisiva.
Hoy, cuando se habla de las grandes dinastías del polo argentino, su apellido aparece de manera inevitable. Pero detrás de esa continuidad hay una figura que no siempre ocupa el centro de la escena, aunque explica gran parte de lo que vino después.
Gonzalo Pieres no necesitó exageraciones ni gestos grandilocuentes para dejar huella. Le alcanzó con entender el juego, respetarlo y transmitirlo. Y en un deporte donde la tradición pesa tanto como el talento, eso vale más que cualquier trofeo.


